¿Te preocupa mucho el futuro?

Con la finalidad de no pasar ningún tipo de necesidad, tratamos de asegurar el futuro en diferentes planos de la vida, pero principalmente en el nivel económico y no es malo que eso suceda, porque, al fin y al cabo, quien es previsor, encuentra mayor seguridad para lo que vendrá.

Pero también es verdad que a veces solemos mirar más al futuro que el presente y aquí caemos en un error, ya que esto, a menudo, nos hace gastar más energía de lo que corresponde, ya que muchas veces nos desgastamos en algo que creemos que va a suceder y no siempre se da de esa manera.

Vivir demasiado preocupados por el futuro, coloca una barrera que nos impide disfrutar plenamente del presente. A veces no tenemos consciencia de esta realidad, pero cuando uno deja de dedicar tanto tiempo a lo que uno supone que puede pasar, encontramos espacio para disfrutar de lo que está sucediendo, o bien para ocuparnos de lo que es necesario.

Mirar el futuro de modo previsor no nos debe quitar la posibilidad de mirar todos los días lo que sucede a nuestro alrededor y el lugar, con sus penas, pero también sus alegrías, que nos toca compartir.

¿Cómo juega el pesimismo o el optimismo en nuestra vida?

De acuerdo a lo que elegimos día a día, marcamos el rumbo y nos predisponemos al modo de vivir las cosas que nos toca enfrentar. Mientras que el pesimista ve todas las cosas como si estuvieran perdidas, el optimista es capaz de seguir luchando, aun cuando tiene todos los indicios de que la batalla es muy difícil.

De todos modos, convengamos que, si bien no es bueno ser pesimista, tampoco es suficiente con ser optimista, porque puede ocurrir que sea la base para que nos paralicemos, esperando de modo positivo, cosas que nunca ocurren.

Supongamos que tres personas deciden emprender una navegación a bordo de un bote a velas. La primera de ellas, un pesimista, que como buen pesimista vivirá siempre quejándose del viento. El segundo navegante sería un optimista, que estaría siempre atento y con confianza, esperando a que el viento cambie de rumbo para así aprovecharlo mejor. Mientras que un tercer integrante de la tripulación, que no se deja vencer por el pesimismo, pero tampoco se queda esperando cosas que sueña, sería un realista.

¿Cómo es el realista y cuál es su ventaja? El realista, simplemente ajusta las velas del barco, para así poder aprovechar el viento tal cual se manifiesta y de esa manera poder navegar.

No es bueno ser pesimista, pero tampoco alcanza con ser optimista. Hay que aprender a tomar las cosas como vienen y buscar el modo de seguir navegando.

El vuelo de la mariposa como metáfora de la vida

La vida sucede por momentos y depende del modo de aprovecharla, la forma que vayamos viviendo.

Si uno se detiene a ver el vuelo de una mariposa, sus colores y la perfección de sus alas, entre otras cosas, difícilmente podría imaginar que ellas viven muy poco tiempo. Algunas de ellas no viven más que un día, mientras que otras especies alcanzan solamente una semana de vida.

Uno podría preguntarse para qué tanta belleza y hermosura, si es por un lapso tan corto de tiempo. Sin embargo, es el lapso corto de tiempo el que nos ayuda a valorar la vida tal como un acontecimiento, valorándolo y comprendiendo que somos únicos y que los momentos son únicos, tal como una mariposa, única, con color y vuelo propio.

El vuelo que lo que nos sucede en lo cotidiano, es bueno poder mirarlo a la luz del vuelo de una mariposa, porque nos ayuda a valorar cada aleteo de la vida como un momento sublime y como un tiempo que no vale la pena desperdiciar con pensamientos estériles, que no nos ayudan a valorar los colores y los grises de la vida.

Vivir es volar y aletear, aunque haya cosas que duren tan poco, que apenas percibimos su existencia. Vivir es retomar el vuelo cuando hemos caído. Vivir es re descubrir los colores cuando las cosas se nos presentan en blanco y negro. La mariposa vive muy corto tiempo, sin embargo, no deja de volar.

La vida es más que lo que podemos demostrar

Es un error hacer las cosas teniendo como única finalidad la de agradar o demostrar algo a los demás.

Hace algunos años yo me encontraba con algo de sobrepeso y un día decidí comenzar a hacer deportes. Así, una tarde fui a una pista de atletismo de mi ciudad y comencé a trotar lentamente, a medida que mi cuerpo me lo permitía. En ese momento mi ritmo era muy lento y debía hacer mucho esfuerzo para poder lograrlo. En la tribuna había un grupo de jóvenes que tomaba mate y hacía comentarios. No demoré en darme cuenta que esto tenía que ver con mi lenta manera de correr. Aún frente a esa situación, yo continúe con mi rutina.

Hoy, unos cuantos años de aquel episodio, puedo mirar hacia atrás y darme cuenta cuando mejoró mi condición física y de salud, desde que tomé la decisión de comenzar. Si me hubiera detenido en las risas burlonas y hubiera pensado en lo que hubiera tenido que demostrar, hubiera dejado las cosas de la misma manera.

Nunca debemos hacer algo para demostrar o para impresionar a alguien, sino porque lo sentimos y porque nuestro corazón nos mueve a hacerlo. Me refiero no solo en los aspectos personales, sino también en nuestros vínculos con los demás, porque muchas veces decidimos hacer algo por alguien nada más para demostrar lo que hicimos y no porque lo sintamos.

Debemos aprender a vivir con autenticidad y valentía, para animarnos a vivir y no solo estar pendientes de demostrar algo al mundo o a los que están a nuestro alrededor.

Los que menos tienen ¿son los que más comparten?

¿Será cierto esto de que los que más tienen son los que menos capacidad tienen para compartir?

Cierta vez un grupo de teatro decidió hacer un experimento, donde uno de los actores ingresó a varios restaurantes donde suele comer gente muy pudiente, para pedirles algo de comida. La respuesta de los comensales era realmente muy variada, e iba desde la ignorancia, hasta la negación y el pedido de que la seguridad del sitio retirara al actor mendigo del lugar.

En una segunda parte de la experiencia, decidieron acercarse a un mendigo que estaba en la calle, y ofrecerle comida. El hombre agradeció varias veces y se dispuso a almorzar sentado en un muro. En ese momento comenzó la siguiente parte de la experiencia, cuando el actor que había ingresado a pedir a los restaurantes se acercó al hombre que había recibido comida y le preguntó si le convidaba. El mendigo, sin dudar le dijo que sí y ambos terminaron almorzando juntos, uno a la par del otro, casi sin decir ninguna palabra.

¿Será este un simple ejercicio o es parte de la realidad que marca que quienes menos tienen son los que más sencillamente comparten con los demás?

Solamente si sabemos lo que queremos, podremos tener claridad para tomar buenas decisiones

Solamente si sabemos lo que queremos, podremos tener claridad para tomar buenas decisiones

Supongamos que alguien está haciendo una caminata por un sendero que a cada paso presenta bifurcaciones. Entonces, para llegar a la meta, en primer lugar, se debe tener consciencia de que esto depende mucho de la elección que se haga, ya que no es lo mismo tomar hacia la derecha, que hacia la izquierda.

Por supuesto que, ante la elección de un camino equivocado, aún cabe la oportunidad de regresar para intentar elegir algo diferente.
De ese modo también es la vida.

Así como un caminante, que anda buscando el rumbo para llegar a destino, necesitamos aprender a detenernos para pensar. Es un ejercicio que debemos hacer de modo cotidiano: parar, para detenernos a reflexionar sobre lo que estamos haciendo y hacia donde esto nos está llevando.

Sólo si sabemos dónde estamos, tendremos la oportunidad de decidir hacia dónde queremos ir. Entonces, solo entonces, aun con errores y con la posibilidad de no saber bien hacia dónde ir, al igual que un caminante que está buscando el rumbo, debemos continuar, porque el mejor modo de no llegar nunca a destino es justamente sentarnos a esperar a que la meta venga a nosotros.

Historia de Francisca sobre las veces que nos hacemos ideas equivocadas de los demás

A veces nos hacemos ideas equivocadas de los demás.

Francisca vivió en el campo desde que nació, hasta que llegó a cumplir sus 75 años. Los últimos 30 los pasó en una chacra que lindaba con la de un vecino, que desde un primer momento no le había caído en gracia. Para ella, esa convivencia nunca había sido buena, al punto de haberlo denunciado en la policía en varias ocasiones y considerarlo su enemigo.

Una tarde de lluvia, Francisca salió de su casa para ir a una chacra vecina, que quedaba a un kilómetro y medio. Estando en el lugar comenzó a llover intensamente y al ver que el tiempo estaba cada vez peor, la anciana decidió tomar su paraguas y regresar a su casa lo más rápido que podía.
A la entrada de su chacra había que traspasar un peligroso zanjón, ubicado en la divisoria entre su tierra y la de su enemigo. Al tratar de pasar por el lugar, la mujer hizo un mal movimiento y se cayó al fondo del hueco. Trató de levantarse, pero su esfuerzo fue en vano.

Entonces comenzó a sentir miedo porque se dio cuenta que en poco tiempo llegaría al lugar toda el agua que había caído en los sectores más altos. Sin pensar, comenzó a gritar y enseguida llegó alguien para ayudarla, era nada más y nada menos, que su vecino a quien ella consideraba su enemigo.

Aunque Francisca no hubiera deseado, en este caso se dio una vez más la historia del buen Samaritano: el hombre al que ella misma no toleraba, terminó salvándola sin pensar más que en la vida misma. Luego, cuando ella tuvo que mudarse hacia la ciudad, fue ese mismo vecino quien le compró el campo y le ayudó en varios detalles.

En todos esos años, la anciana había imaginado a su vecino como enemigo, cuando él ni siquiera estaba al tanto de la situación.
No es bueno proyectar ideas en los demás, porque la realidad puede sorprendernos de modo contundente.

El efecto de lo que no decimos

Las palabras que usamos tienen siempre un efecto; sin embargo, lo que no se dice también genera cosas.

¿Dónde quedan las palabras que no se dijeron? Probablemente vayan al mismo sitio, hacia dónde se dirigen aquellas cosas que dejamos de hacer por miedo. Así como lo que hacemos causa su efecto, lo que no se hace y no se dice, también.

Lo que no decimos nos va matando, porque lo que no se dice se transforma en nostalgia y en tiempos de cosas que no sucedieron. Lo que no se dice pasa a ser eterna asignatura pendiente, se transforma en insatisfacción, en tristeza y también en frustración.

Lo que no se dice, lo que no decimos, nos va matando por adentro.

Se cree, erróneamente, que lo que no se expresó termina cayendo en el olvido. Eso puede ser así para los demás, pero sin embargo, para la persona que no expresó aquello que quedó atragantado, se le va acumulando en la mente y en el cuerpo, llenándolo de gritos mudos. Además, lo que no se dice con los labios, el cuerpo suele expresarlo de modo tremendo. He aquí una de las causas de varias enfermedades, porque lo que no decimos, el cuerpo lo expresa de otra manera.

Por esa razón, es importante expresar nuestra alegría, pero también lo que nos duele y nos causa impotencia. Nunca ocultes lo que sentís, lo que pensás y lo que te pasa, porque es el modo más cercano de que los demás conozcan lo que pensamos, pero también es el modo de liberar nuestra mente y no dejar solo en nosotros las cosas que van más allá de nuestras vidas y son expresiones de nuestro compartir con los demás.

¿Qué significa confiar en alguien?

¿Qué significa confiar en alguien?

¿En quién confiamos plenamente, qué necesitamos para que eso suceda y cuál es el camino para que los demás puedan gozar de nuestra confianza?

Un grupo de turistas había ido a conocer una montaña en Escocia y querían poder alcanzar unos huevos que estaban en un nido al borde de un precipicio. Como ellos no tenían el coraje, trataron de convencer a un niño que conocía el sitio, para que descendiera atado de una soga. Sin embargo, y a pesar de un ofrecimiento de dinero, el niño no aceptó la propuesta.

Estuvieron un rato negociando y charlando, pero el pequeño no quería saber nada. Pero al final, el propio niño propuso una salida. Dijo que aceptaría descender para buscar el huevo, con la condición de que sea su padre el que sostenga de la soga.

Las personas difícilmente confían en alguien desconocido. Por eso es buena la imagen del niño, que para alcanzar el nido necesita que su padre sostenga la soga.

Confiar es saber que el otro no va a soltar la soga en el momento en que más necesitamos.

Hay cosas que solo el paso del tiempo nos ayuda a entender

Una vez un niño estaba jugando con una pelota al lado de un lago. De repente, le dio una patada y la pelota se fue desviada, hasta caer en el medio del agua y lentamente se fue alejando cada vez más de la orilla.

Alguien que estaba allí se propuso ayudarlo y comenzó a tirar piedras al agua, pero el niño se empezó a desesperar. Sin embargo, el hombre lanzaba las piedras de tal forma que ellas iban más allá del objeto y de ese modo el balón comenzaba a acercarse otra vez a la orilla. De ese modo el niño logró tener nuevamente consigo su juguete favorito.

A veces ocurren cosas que nos parecen un contratiempo, un contrasentido y una gran dificultad. Sin embargo, a veces el tiempo o alguna situación nos ayuda a comprender como las cosas pueden en realidad ser todo lo contrario de lo que estábamos imaginando y suponiendo. Así, la misma vida y las acciones de los demás, nos suele enseñar y cuanto nos enseña.

Aunque nos cueste tiempo entender ciertas situaciones, a veces las circunstancias nos ayudan a darnos cuenta que las cosas no ocurren por casualidad y otras tanto, como el ejemplo del niño, pensamos una cosa y en verdad lo que está ocurriendo es algo que al final termina siendo de bendición. Esas cosas, solamente el tiempo nos ayuda a comprender