Lo que devuelve tu espejo

Si nos paramos frente a un espejo, este siempre nos devuelve lo que nosotros proyectamos en él. Así de simple y sencillo.

Si estamos despeinados, pues nos veremos despeinados; si nuestra ropa está desalineada, pues la veremos tal cual está; en cambio, si estamos bien arreglados, la imagen que veremos será agradable a nuestra percepción. Así también ocurre con nuestros gestos, con nuestro rostro y con nuestra mirada.

Dicen que la vida es un espejo, porque siempre estamos proyectando en los demás nuestra propia sombra y, además, estamos viendo en los otros aquellas partes de nosotros y que a veces ni siquiera estamos dispuestos a reconocerlas.

A veces no nos gusta lo que vemos en el espejo, sin embargo y sin más remedio, el espejo nos refleja lo que somos. Aunque pongamos cara de disimulados, nos muestra la realidad.

De nada sirve mentir, porque, aunque lo podamos hacer muy bien, incluso engañando a una muchedumbre, cuando nos ponemos frente al espejo, la verdad siempre nos va a delatar. De nada sirve la falsedad, la cara de circunstancia, o la sonrisa forzada; porque siempre hay alguien que será nuestro espejo y nos devolverá, a veces sin decirnos nada, la pura realidad.

Así como cuando nos paramos para mirarnos, y aquello que somos, de repente vuelve a nuestros ojos de manera elocuente; lo que damos y el modo como hacemos las cosas en el encuentro con los demás, tarde o temprano regresa, al igual que el reflejo de nuestra silueta, cuando nos miramos en silencio y sin que haya nadie a nuestro alrededor.

 

Dos veces la misma piedra

Siempre se dice que el ser humano es el único animal que es capaz de tropezar dos veces con la misma piedra.

En términos simbólicos esto quiere decir que somos la única especie que cae en los mismos errores varias veces. Buscamos los mismos obstáculos y nos exponemos a las mismas dificultades, cayendo en la misma trampa, una y otra vez.

La lógica diría en principio que nuestra capacidad de aprendizaje, debería estar ligada al sufrimiento que surge de una equivocación, es decir que al errar una vez deberíamos aprender, al menos para no equivocarnos de nuevo de la misma manera. Sin embargo, la experiencia no es así y a pesar de haberlo sufrido, la testarudez hace que volvamos a arriesgarnos de la misma manera y con las mismas cosas.

¿Cuál es el problema?

El problema no es equivocarse, el problema son las consecuencias caras que hay que pagar por la testarudez. Podemos tropezar con la misma piedra y eso es una realidad; pero sin embargo, si tropezamos muchas veces, una y otra vez con la misma piedra, tenemos que aprender de una vez por todas a señalizarlas, a marcarlas, a indicarlas, porque ese es el único modo de no terminar sufriendo demasiado a lo largo del tiempo.

Un anciano decía: “de tanto correr, de tanto tropezar caer y herirme, hoy camino más lento, porque de esa manera llego más pronto a mi destino”.

 

Cuando se va la esperanza

En la vida nos vamos encontrando con hechos y experiencias que ponen en peligro nuestra esperanza.

Cuando esto sucede y comprendemos que todo se nos va por la borda comenzamos a vivir una experiencia sumamente desagradable, porque sentimos que todo lo que fue construido, a veces durante años, se nos escapa de las manos como arena entre los dedos.

Lo primero que percibimos es que nuestra vida no podrá ser ya tan dichosa, segura y serena como había sido hasta el momento. Nos sentimos sin fuerzas para afrontar la nueva situación. Todo se nos tambalea. No sabemos qué hacer ni a quién acudir. Vamos perdiendo la confianza en nosotros mismos y en los demás.

Sin embargo, cuando ya se apaga la fuerza y creemos que nos estamos quedamos sin caminos o sin horizonte y de repente el género aparecen personas que nos sorprende con actitudes que nos devuelven la confianza, la vida renace otra vez. Aprendemos entonces que aunque las cosas sean difíciles no hay que dejar de luchar ningún solo segundo.
A veces basta un hecho puntual, para mostrarnos que la esperanza es posible y que nunca hay que bajar los brazos y darnos por vencidos, ni aún cuando ya estamos casi vencidos y los demás nos hayan dado por muerto.

La esperanza siempre es lo último que muere.

Te deseo un buen tiempo, con esperanza renovada y con un espíritu nuevo y fortalecido.

 

El profundo sentido del silencio

Vivimos un tiempo muy ruidoso, con actividades y tareas que se multiplican a nuestro alrededor.
Nos cuesta soportar la quietud, le tememos a la inactividad y nos da pánico el silencio.

¿Será por eso que preferimos llenarnos de imágenes y de actividades? ¿Será por miedo a escuchar el silencio y enfrentarnos a sus preguntas, que nos escabullimos entre el cúmulo de cosas y hacemos que el tiempo no alcance?

Preguntas un tanto incómodas para tratar de respondernos en el apuro de terminar de escuchar esta reflexión para poder seguir con otra cosa.

Lo cierto es que sin el silencio se complica la posibilidad de pensar y más aún la de abordar nuestros problemas desde su raíz. De ese modo, hasta corremos el riesgo de que, en medio de la bruma que implican nuestros apuros de todos los días, nos olvidemos hacia dónde queremos ir y terminemos andando sin un horizonte previsible.

Las actividades son importantes, necesarias y dan vida a nuestra existencia. Sin embargo, debemos tener cuidado, porque las agendas abarrotadas como forma de escaparnos, pueden hacer que nos hagamos nosotros mismos, maestros y maestras de nuestra propia huida.

Como contrapartida, una de las cosas que más hacemos es tratar de buscar respuestas a los interrogantes que, paradójicamente, surgen del ruido. Sin embargo, hay quienes dicen que el silencio es lo más importante para lo que hay que decir y que, alejados del ruido, aparecen las respuestas a todas nuestras inquietudes.

 

Las cosas no ese arreglan con intenciones

Si las cosas se pudieran arreglar con intenciones, que fácil que sería todo. Si a nuestro alrededor pudiéramos cambiar lo que no está bien a través de una intención, no habría ningún problema. Si aquello que deseamos para los demás lo pudiéramos solucionar con un par de palabras buenas, no habría sufrimiento a nuestro alrededor.

Si revisamos nuestros diálogos y el intercambio que tenemos con otras personas a la hora de intentar resolver algún problema, nos vamos a dar cuenta que a menudo utilizamos más intenciones que acciones, con frases como: “yo tengo ganas”, “me gustaría hacerlo”, “habría que ir”, “se tendría que hacer”, entre otras.

Otro modo de dar cuenta de la cantidad de intenciones que nos mueven lo podemos comprobar cuando evaluamos la realización de una tarea para la cual se había distribuido roles. Al constatar que hubo cosas que quedó en el camino, rápidamente también buscamos justificativos para escondernos detrás de nuestras fallas.

Pero resulta ser que a pesar de tener las mejores intenciones o las ganas más grandes y si no lo sabemos “vehiculizar” a través de decisiones, no sirve de mucho toda la teoría y la buena voluntad que tengamos.

Por eso, más que ser buenos teóricos para resolver cosas, es preferible hacer pequeñas cosas, porque la acción, por más pequeña que sea, vale más que la intención más grande.

Por eso, si tenemos un sueño, debemos buscarlo. Si queremos lograr algo, hay que militar para que eso ocurra. Si deseamos algo bueno para los demás, hay que convertir los pensamientos en acciones.

 

Disfrazarse para triunfar

Un disfraz es un artificio o una vestimenta, con la que alguien modifica su aspecto, con la finalidad de no ser reconocido. Nos disfrazamos para una fiesta y quien mejor lo hace, más éxito tiene. Así, un disfraz es un medio que se emplea para ocultar disimular una cosa generalmente negativa, o que sirve para hacer pasar una cosa por otra.

En la vida no hay que disfrazarse para triunfar.

Porque uno es lo que es, con sus fallas y sus contradicciones. Con el margen de error que puede tener cualquiera y también con el margen de verdad relativa. Porque en la vida se gana y se pierde; sin embargo, lo que no se gana ni se pierden, son las ideas.

Las personas que se disfrazan para tratar de triunfar, tarde o temprano se les cae la careta y terminan a la vista de todos. La historia ha demostrado que aquellos que asumieron el poder utilizando máscaras para convencer, luego se les fueron cayendo, con el resultado más doloroso que el saldo lo tuvo que pagar el pueblo, con sus vidas y con hambre.

La propia Biblia es muy clara sobre este tema cuando advierte sobre las personas que, para tender una trampa, se hacen pasar por corderos, pero en el fondo son lobos sanguinarios que pretenden comerse a las ovejas. Son aquellos que utilizan artilugios, mentiras y trucos para triunfar.

Es posible disfrazarse de muchas cosas y usar buenos mecanismos para engañar y falsear; sin embargo, lo que jamás se puede disfrazar es la verdad, que al final, cuando el tiempo pasa, sale a la luz.

 

Fracasaste, pero no eres un fracasado

Cuando no obtenemos el resultado que hubiéramos deseado, decimos que hemos fracasado. Como consecuencia de esto, solemos sentirnos frustrados y tristes.

Aún quizás sintiéndonos de esa manera, cabe la posibilidad de encontrar señales para que el tiempo pueda transformarse en un lapso en el cual poder mirar hacia adentro de cada uno y también a nuestro alrededor. Un tiempo de análisis y pensamiento.

En esa etapa debemos recordar que:
Haber fracasado no significa que somos fracasados; sino que quizás aún no hemos conseguido aquello que anhelamos. Del mismo modo, no quiere decir que seamos tontos, desgraciados o que no hemos logrado nada en la vida, sino que aún frente al dolor, debemos aprender descubrir de qué modo podemos confiar en futuro y aprender a buscar fuerzas, para poder encontrar la fe necesaria para volver a intentar. Además, y aún ante el dolor, implica que hemos aprendido algo y al menos nos atrevimos a hacerlo.

Fracasar tampoco significa haber desperdiciado el tiempo, sino que debemos intentarlo con más ahínco, paciencia y pensando que quizás haya otro modo que hasta ahora desconocemos, para poder intentarlo de nuevo.

El fracaso no significa que somos inferiores a los demás, sino que nos recuerda que no somos perfectos y que eso bien puede suceder.

En la vida hay éxitos, pero también fracasos. Lo cual no quiere decir que somos fracasados, sino que son oportunidades de revisar nuestra esperanza.

 

Una situación mala ¿llama a otra mala?

Cuando las cosas salen mal, nos suele generar enojo y a veces creemos que esa situación puede llamar a otra, y otra más, haciendo que se vaya transformando en especie de cadena, que hasta suponemos imparable. Ocurre lo que algunos llaman una mala detrás de la otra.

En primer lugar hay que saber que lo que sale mal, siempre ocurre porque algo se da para que esa situación suceda; o bien tomamos una decisión incorrecta, o bien porque alguien hizo algo que fue malo para nosotros, o porque el destino nos llevó a estar en el momento justo, donde jamás deberíamos haber estado. Cosas que a veces uno no termina de comprender del todo.

Aún así, y pudiendo estar frente a una situación compleja, es necesario pensar que un traspiés no es el final de la historia. Es un trago amargo, a veces complejo y que cuesta superar, pero no el final de la historia.

Ahora bien, si frente a las cosas equivocadas, que nos dañaron, o que salieron mal, logramos tomar consciencia y, sabiendo lo que hay que hacer para remediarlo, nos hacemos nada, entonces corremos el riesgo de estar peor que antes. Por eso, siempre hay que recordar que la vida suele ofrecernos una segunda oportunidad, que se llama mañana.

De ese modo, más que concentrarnos en la ideas de la existencia de un círculo consecutivo de malas, podemos intentar dar vuelta las cosas, e incluso transformarlas en un proceso a través del cual podemos sacar cosas en limpio y aprender. Esto es posible, si no nos detenemos sólo en el hoy, y aprendemos a mirar hacia la segunda oportunidad del mañana.

 

Quien gana con trampa, no gana

Hoy quiero compartir con ustedes una historia que nos ayuda a reflexionar sobre a la acción a partir de la ética y el honor.

Se trata de una una carrera de pedestrismo, en la que el atleta keniano Abel Muttai estaba a unos pocos metros de la línea de llegada cuando se confundió con la señalización, creyendo que ya había completado la prueba.

Detrás suyo venía el español Iván Anaya, que viendo la situación comenzó a gritar para que el atleta africano estuviera atento de lo que estaba sucediendo. Sin embargo, Muttai no comprendía lo que le decía su rival. Entonces, el español se le acercó y lo empujó hacia la dirección de la llegada, permitiendo así que el africano triunfara en la carrera.

Después de esto, un periodista le preguntó al español por qué había hecho eso, pudiendo ser él quien ganara la prueba, ante la desatención del africano. Sin embargo, el mediterraneo solo le respondió que en ningún momento había ayudado a Muttai, ya que a su juicio, su rival de carrera ya había triunfado.

El periodista entonces le volvió a insistir que aún así la victoria podría haber sido suya, si se adelantaba y lo ultrapasaba. A lo que el corredor que finalizó segundo le respondió de manera categórica diciendo que si hubiera hecho eso, no hubiera habido ningún mérito en su victoria y que esa medalla no tendría ninguna honra de su parte, sencillamente porque a su madre eso le hubiera parecido poco decoroso.

Honor, ética y vergüenza ajena son principios que se pasan de generación en generación y todos los días podemos hacer algo para que no se pierdan.

El valor de lo que hacemos con los demás, hacia los demás; aún con aquellos que son rivales de nosotros, identifican y muestran quiénes somos como personas.

 

Perdonar no es olvidar

El perdón es un tema delicado. Algo fácil de comprender, pero difícil de vivir en la práctica.

Por eso, hay quienes no se atreven a darlo y otros tantos que, debido al daño que hicieron, no pueden recibirlo.

El error grande que cometemos es que por lo general estamos convencidos de que la función del perdón es la de modificar el pasado, cuando esto es imposible. Lo que ocurrió no se puede cambiar.

Si no se puede modificar los errores y los daños del pasado, entonces ¿Para qué sirve el perdón?

El perdón, dado y recibido sinceramente, no hace cambiar el pasado, pero sin embargo, ayuda a que a partir de los hechos que ya no se pueden cambiar, a que el futuro sea diferente.

Eso sí está en nuestras manos, porque vivir atrapados en el pasado, no nos permite modificar el presente y menos aún el tiempo venidero.

Perdonar no es olvidar, sino permitir que, a pesar del dolor, se pueda avanzar luego de un proceso de reflexión, meditación y diálogo. Sin esos pasos, todo es más difícil de lograr.