¿Niños que se portan mal o padres que no enseñan bien?

A veces nos sorprendemos de los modales de los niños, sin recordar que ellos solo recrean lo que viven y observan en sus hogares. Copian las actitudes de los adultos y las recrean a su medida.

Debemos reconocer que las cosas más importantes siempre suceden en cada uno de nuestros hogares y por eso es la mejor escuela para los niños. No tiene ningún sentido reclamar a la escuela, la iglesia, el club, o lo que fuera, que nuestros hijos tengan normas de comportamiento adecuadas, si nosotros mismos no se las transmitimos.

Se trata de cosas sencillas, pero sin embargo valiosas, que hacen una diferencia.

Hagamos algunas preguntas sencillas:

¿Por qué hay niños que no saludan y no respetan a los mayores? porque en sus casas no lo observan.

¿Por qué existen niños y niñas que hablan mal de otras personas? Porque repiten la práctica de los adultos que los rodean.

¿Por qué muchos niños dicen groserías? Porque se las escuchan decir a los adultos con quienes conviven.

¿Por qué hay niños mezquinos y poco solidarios? Creo que a esta altura ya sabemos la respuesta.

De la misma manera podríamos preguntarnos lo mismo sobre la verdad, la puntualidad, la sinceridad, entre otras cosas.

A veces uno observa que los padres reclaman que se haga algo por sus hijos siendo que la respuesta casi siempre la tienen ellos mismos.

Arrepentirse ayuda a vivir

Decimos que una persona se arrepiente cuando cambia respecto de sus pensamientos previos, pasando de un modo de pensar hacia otro. Esto también se aplica a las acciones. Para el judaísmo y el cristianismo el término arrepentimiento viene del hebreo “teshuvá”, que significa volverse, o regresar.

Muchas veces, cuando nos arrepentimos de algo, nos queda un sentimiento extraño, que algunos llaman remordimiento y se trata del proceso en el cual nos ponemos a pensar sobre las razones por las cuales llegamos a hacer o decir tales cosas.

La pregunta es qué hacer con esos sentimientos. Es bueno tener en cuenta, que todos los seres humanos, en mayor o menor medida, nos arrepentimos. Por cosas grande y pequeñas.

Así, nuestros arrepentimientos terminan formando parte de nuestra historia personal y de nuestra experiencia de vida y nos ayudan a tomar mejores decisiones y nos ayuda a vivir mejor. El arrepentimiento es parte de los mecanismos de nuestro cuerpo que nos permite decidir los cursos de nuestras acciones. Nos cabe recordar que es justamente ese elemento el que distingue a los seres humanos, capaz de hacernos re pensar las cosas y no solo quedar con una postura inamovible.

Entonces, más que preguntarnos qué hacer con el arrepentimiento deberíamos preguntarnos para qué nos sirven esas experiencias, siendo que una de las respuestas puede ser la de ayudarnos a elegir mejor lo que deseamos para nuestra vida.

Para seguir, a veces hay que aprender a recomenzar

Hay ocasiones en la vida, en las que para poder seguir, hay que empezar de nuevo.

No para negar el fracaso o hacer de cuenta que el dolor no existe, sino para poder mirar el camino hacia donde hay que continuar.

Seguir no quiere decir que conocemos a la perfección por dónde debemos andar o las vueltas de la vida que hay que enfrentar. Seguir es continuar, y no bajar los brazos aun cuando las pálidas abunden. Seguir sin saber siquiera si habrá alguien que se vaya a atrever a acompañarnos.

Seguir es la historia.

Nuestra vida, y la vida de los demás, nos han dado más de una señal de que seguir no significa siempre sinónimo de triunfos, sino más bien de empujar a pesar de todo, mirar el horizonte más allá de las caídas.

A veces, como te decía, para seguir, hay que empezar de nuevo. Porque lo importante no es si caímos y tuvimos que levantarnos muchas veces, sino si nuestra mirada sigue puesta en el horizonte.

¿Cuánto cuesta un sueño?

Un grupo de estudiantes de una universidad realizó una experiencia para tratar el tema de los sueños.

Decidieron filmar un video en el que iban tomando personas en la calle  y simplemente les preguntaban cuáles eran sus sueños. Las respuestas eran muy variadas, e iban desde el niño que quería ser futbolista, hasta la joven que deseaba recibirse de médica para regresar a su país y poder ayudar a los enfermos. Había hombres que querían progresar económicamente y mujeres cuyo anhelo más grande era el de estar junto a sus familias.

La segunda parte del video era tomar a las mismas personas y, en base a cada uno de sus sueños, les preguntaban cuándo costaba su sueño.

La reacción de los participantes era muy diferente, e iban desde los que se sentían extrañados por la pregunta, que miraban como no comprendiendo la pregunta, hasta los que decían que no costaba nada, pasando por los que contabilizaban en dinero lo que les costaría su anhelo. Incluso había quienes decían que el costo era tiempo, sudor, lágrimas, sacrificio y una infinidad.

¿Cuánto cuesta nuestro sueño?

Depende mucho del modo que lo miremos y cómo lo percibamos. Probablemente un sueño no sea sencillo. Sin embargo, el único modo de lograrlo es persiguiendo lo que anhelamos, siendo pacientes y sobre todas las cosas pasándolos por la voluntad y por las ganas de querer conseguir las cosas. Sin embargo, eso no es suficiente, porque todo lo que nos ocurre también depende de otros factores y entre ellos de quienes nos acompañan y ayudan a que nuestro sueño sea una realidad.

Soñar no cuesta nada y no sólo nos ayuda a continuar, sino también a convivir mejor.

Demasiados “peros”

Conozco muchas personas que utilizan demasiadas veces la palabra “pero”.

Se trata de la dinámica a través de la cual les cuesta alegrarse por un logro o algo bueno, porque enseguida encuentran un “pero” por el cual permanecer disconformes.

Sin embargo, y a propósito de esto, hay algunos datos que vienen a llamar nuestra atención sobre al abuso de los “peros” y como en verdad tenemos que aprender a mirar otros aspectos de la vida, que a veces permanecen ocultos a nuestra percepción.

Esos datos dicen que, si tenemos comida en la heladera, ropa en el ropero, un techo sobre nuestra cabeza y una cama en la cual descansar, entonces somos más ricos que mil millones de personas en el planeta que no tienen todas esas posibilidades.

Si tenemos dinero en el banco, en la billetera y algo de cambio, formamos parte del el 8 % de las personas que tienen esa oportunidad.

Si hoy nos hemos levantado más sanos que enfermo, tenemos más suerte que el millón de personas que por diferentes razones no sobrevivirán esta semana.

Si nunca hemos experimentado el peligro de una batalla, la agonía de la prisión, la tortura, o el horrible dolor del hambre, somos más afortunados que los 500 millones que sufren estas cosas todos los días.

Si podemos tomar un papel, una revista o el diario, para leer, quiere decir que somos más afortunados que unas 800 millones de personas que no saben leer ni escribir.
Puede parecer conformista, pero sin embargo se trata de aprender a medir las cosas en su real dimensión. Más que utilizar tantos peros, quizás nos hace falta aprender a usar más veces la palabra “gracias”.

No existe la falta de tiempo

¿Cuántas veces escuchamos a nuestro alrededor la frase “no tengo tiempo”?

La solemos decir con el objetivo de justificar una actividad que no pudimos hacer, un encuentro con alguien que dejamos de tener, entre otras cosas. En el tiempo del “tiempo es oro”, parece ser una constante que nadie tiene tiempo.

Sin embargo, hoy tengo que expresar que no existe la falta de tiempo. Si, así como te estoy diciendo, no existe la falta de tiempo. En cambio, lo que abunda es la falta de interés por las cosas. Porque cuando realmente queremos algo, hacemos todo lo posible para que las cosas puedan ser concretadas. Entonces, pero sólo si tenemos interés, la madrugada se vuelve día y podremos levantarnos antes para intentar conseguir nuestro sueño, el martes se vuelve sábado y no nos importará cuánto tiempo nos tomará eso que queremos hacer y por otro lado transformaremos el tiempo en algo mágico, porque entonces los momentos se volverán oportunidades.

¿Hay cosas imposibles?

La respuesta es que cualquier cosa, aún siendo muy sencilla, puede transformarse en imposible si nosotros lo creemos factible. Para que así suceda, en primer lugar debemos estar convencido de esto, entonces ya tendremos parte del camino hacia la imposibilidad asegurado.

Del mismo modo podríamos hacer la pregunta hacia lo que es posible en nuestra vida.

Aunque el correr de los días nos de evidencias que las dificultades son grandes, cada cosa vivida, aún las más difíciles y duras, nos habrán dejado algo, ya sea una experiencia, un aprendizaje, o una sensación. Aquello mismo que es visto como algo imposible puede transformarse en un modo de movilizarnos para luchar para que lo sencillo, que a veces se nos pasa por alto por estar pensando tanto en lo que no fue posible, se haga más real en nuestras experiencias de vida.

No todo depende de nuestra fuerza, del trabajo de nuestras manos o de nuestra voluntad. De todos modos, plantear la vida ente imposibles, es restarle expectativa a lo que el propio día a día nos presenta y por qué no decirlo, a la esperanza de mirar hacia adelante.

¿Dónde anidan tus sueños?

Desde hace varios años suelo utilizar el campo de deportes de la pista de atletismo del Complejo Ian Barney de Oberá. Desde el primer momento comencé a observar la presencia de una pareja de teros, que tal como caracteriza a esa especie, habitan ellos solos en ese amplio campo, que siempre se mantiene con el césped bien cortado.

A los pocos meses de comenzar a ir regularmente al lugar observé que los pájaros habían anidado y que la hembra se encontraba al lado de su nido, junto a los huevos, los cuales estaba comenzando a empollar para sacar crías. Sin embargo a las pocas semanas y a pesar de la insistencia de esos pájaros y del modo enérgico como defienden su nido, los huevos de repente desaparecieron y el nido quedó destruido y abandonado. Al percatarme de esto me sentí un tanto triste, pensando en quién podría hacer eso.

Pero lo mismo sucedió a los pocos meses: los teros prepararon un nuevo nido, la hembra colocó en él sus huevos y cuando los empezó empollar, los huevos desaparecieron y ante la destrucción del nido, las aves volvieron a abandonar todo para recomenzar otra vez en otro lugar. Cuando la misma situación se repitió por tercera vez me di cuenta que esto no era producto de la casualidad, sino que se trataba de una dinámica que se repetía con alguna intención.

Mucho tiempo pasó, la dinámica se repetía y yo que seguía con la incógnita. Hasta que hace poco alguien me develó el misterio. Me contó que quien quita los huevos de cada nido que la pareja de aves construye, es un hombre que trabaja en el lugar, que los recoge y se los lleva a su casa para hacerlos fritos.

Más allá de esto, y de la tiste suerte que le toca a esos animalitos, ellos continúan construyendo siempre un nuevo nido y siguen poniendo huevos en él, depositando en ese gesto los sueños de reproducción de su especie. Uno diría que esa búsqueda no tiene sentido porque así como está planteada nunca va a llegar a algún puerto y en parte eso es cierto.

Así como esos pájaros que sueñan, corren con la mala suerte de que un interesado ampute sus sueños, los nuestros también corren con una suerte parecida en muchas oportunidades debido al egoísmo o a la desidia de alguien en particular.

Sin embargo la ventaja que nosotros tenemos por sobre los teros, es que como humanos podemos darnos cuenta que cuando esto sucede, nos queda la oportunidad de sembrar en otro lugar y no quedarnos entrampados, porque caeremos de nuevo en esa misma trampa maléfica. Esa oportunidad no la tiene todo el mundo y es bueno aprovecharla y disfrutar de ella: cuando lo sueños nos son robados una y otra vez, tenemos todavía la oportunidad de anidar en otro lugar, donde el ladrón no nos podrá robar fácilmente la esperanza.

¿Cerrar o abrir puertas a lo desconocido?

Es más común de lo que imaginamos. Alguien hace algo que en primera instancia no nos gusta y sin mediar explicaciones, cerramos toda posibilidad de diálogo sobre el tema.

Una niña tenía dos frutas en su mano y su madre, para probarla, le pidió que le convidara una de ellas. En ese mismo instante su hija se llevó, de a una, ambas frutas y le dio un pequeño mordisco a cada una de ellas. La mujer entonces se sintió muy mal por la actitud de su hija, pero sin embargo, a los pocos segundos, se quedó emocionada cuando escuchó la explicación de la niña, quien le explicó que había mordido ambas frutas para poder chequear cuál de las dos era la más dulce.

No importa cuánta experiencia o conocimiento tengamos sobre un determinado tema o situación. Nunca debemos cerrar la puerta sin antes dar la oportunidad de que los demás expliquen las cosas. Todos necesitamos la oportunidad de poder explicar las cosas, porque puede ocurrir que lo que estamos percibiendo no sea la realidad.

Hablar sin escuchar no es conversar

Podemos tener amigos con los que hablar y sin embargo casi no mantener ningún tipo de diálogo. Eso sucede porque a veces las conversaciones entre las personas no tienen otro interés que un hecho puramente formal.

Muchas charlas que se mantienen se dan de manera automática, sin que se produzca mucho intercambio. Primero habla uno y el otro escucha, luego habla el siguiente y el otro escucha. Si revisamos nuestras conversaciones, nos vamos a dar cuenta que esto sucede más veces de las que debería ocurrir.

Cabe la duda hasta qué punto este tipos de charlas nos ofrecen un aporte demasiado significativo para nuestra vida y que nos sirvan para crecer, para transformarnos y para encontrar herramientas de aprendizaje. ¿Qué aporte se entregan el uno al otro, dos personas que solo esperan a que el otro termine de hablar para meter su bocado simplemente siguiendo el hilo de lo que se está diciendo?

La palabra diálogo es la que más se ajusta al intercambio que se espera de dos personas que hablan. Diálogo significa palabra de a dos. En ese diálogo, el amigo bueno y que se preocupa por el otro le pregunta cómo está y luego se preocupa por escuchar su respuesta.

Dialogar con alguien es más que hablar y decir, es compartir temas y buscar un rumbo a las cosas sobre las cuales la charla encuentra una cabida.

¿Cosa sencilla?, claro que sí! ¿Fácil de aplicarla? No tanto.