El silencio cura heridas

¿Sabías que a través del silencio también se puede hablar y escuchar?

Muchas veces la gente no sabe utilizar el silencio, incluso hay quienes no se percatan de su existencia. Por ejemplo, en una situación límite, donde las palabras no tienen mucha utilidad, el silencio suele ser muy efectivo, tanto que logra decir lo que ningún diccionario ni vocablo, es capaz de contener.

¿Sabes por ejemplo por qué los cultos religiosos suelen darse en silencio?, porque en el silencio está lo sagrado y porque es el espacio de los pensamientos, de nuestro interior y de la eternidad. El silencio, a veces, es el mejor lugar para escuchar la voz de Dios.

En cierta oportunidad una familia vivía una situación bastante complicada con uno de sus integrantes, que estaba cometiendo un error y no estaba dispuesto a cambiar. Hicieron de todo para tratar de resolver el problema y al final fueron a hablar con el pastor. El religioso los escuchó en detalle y luego les aconsejó que no siguieran hablando y suplicando, y que en cambio hicieran silencio. Al final de la charla les acotó que de ese modo él seguramente escucharía mucho más su clamor.

Ellos estuvieron muy extrañados, pero siguieron sus indicaciones y dejaron de lado el hostigamiento y los reclamos. Al poco tiempo esa persona reflexionó por sí sola, regresó sobre sus pasos, e hizo las paces con su familia.

El silencio es a veces un reflejo más real de la vida y de las cosas, porque es el canal que permite el surgimiento de lo verdadero y lo auténtico.

 

¿Para qué sirven los consejos

Un consejo es el parecer, la opinión que se emite o se recibe para hacer, o no hacer, algo. Es un juicio, o una consulta referida a una acción concreta.

Podríamos decir que un consejo nos puede ayudar a abrir los ojos, e incluso nos puede ser útil para prevenir riesgos, o para no exponernos a determinadas cosas.

Sin embargo, en tantas ocasiones, a pesar de los consejos y las charlas repetidas, cometemos los errores y terminamos lastimados.

Entonces, paradójicamente parece que comprendemos que hay cosas que solo podemos aprender a través de la experiencia, y por más consejos que se reciba, hay lecciones de la vida que solo aprendemos a base de golpes y tropiezos. ¿Será que siempre debe ser así?

Aunque resulte incomprensible y extraño, eso de que los errores son una dolorosa escuela, parece tener mucho de cierto en la experiencia de vida.

Esto no quiere decir que los consejos no sirvan o que no hay que escucharlos, sino para actualizar nuestra interrogante del inicio y no sólo preguntarnos para qué sirven los consejos, sino también cuestionarnos si no sería posible aprender de la vida, de la experiencia de los demás y tratar de andar por el camino, aunque sea sin tropezar tantas con la misma piedra.

 

¿Tiene lado positivo la desilusión?

Cada uno de nosotros, alguna vez, se habrá sentido desilusionado.

Hay al menos dos modos de interpretar y comprender todo lo que encierra este tema.

Una negativa, que ya conocemos y puede estar representada en la decepción que produce haber esperado una determinada cosa que no sucedió, o bien lo podemos asociar con el rompimiento de los sueños.

Pero ¿puede haber un modo positivo de interpretar una desilusión?

Claro que sí, porque una desilusión no es más que una situación que, bien utilizada, nos puede ayudar a darnos cuenta que estábamos ubicados en el lugar incorrecto y entonces, aun en medio de la incredulidad, angustia y dolor; podemos repasar nuestra comprensión de las cosas, para ir encontrando herramientas que nos permitan salir de allí, lo más enteros posible.

Así, una desilusión se termina transformando una oportunidad que la vida nos da para ver el lugar dónde estábamos ubicados y nos permite ver aspectos que desconocíamos, así como facetas de seres humanos, las cuáles ignorábamos.

Dicen que un tropezón no es caída, lo mismo podemos decir que una desilusión no es el fin de la historia, sino una oportunidad que tenemos para valorar lo realmente importante y valioso.

 

365 veces, no tengas miedo

Si tenemos temor frente a una determinada situación, que bien nos hace que alguien nos diga que no debemos tener miedo.

Es como una afirmación que en realidad estamos buscando, y si bien no nos resuelve el problema, nos ayuda a ver las cosas con más valor. Escuchar esa frase en medio de un problema, nos hace respirar de otra manera.

Hay una curiosidad y a su vez un llamado de atención sobre esto, porque esa frase “no tengas miedo” se repite en la Biblia 365 veces.

365 veces, “no tengas miedo”. Tantas veces como días tiene el año.

Esto, bien pudiera ser una casualidad, pero sin embargo adquiere un valor precioso cuando desde los ojos de la fe recordamos que quien lo dice es el mismo Dios. Así, una simple pero profunda frase, se transforma en algo importante para la vida.

Puede ser de mucha fortaleza recordar que para cada día hay un “no temas”. Es como si cada día tenemos la oportunidad de recodar que a pesar de la dificultad no debemos tener miedo porque las manos de Dios sostienen las nuestras.

 

 

Más allá del dolor

La vida muchas veces nos golpea tan fuertemente que hasta nos cuesta pensar en comenzar de nuevo.

Siempre digo que frente a una circunstancia difícil, debemos preguntarnos sobre las razones por las cuales estamos en el lugar que estamos y cómo hacemos para salir de ellas. Sin dudas, una parte importante de la historia de nuestra vida y el modo de enfrentar el dolor, las pérdidas, e incluso las traiciones; dependen de nosotros.

Podemos elegir quedar tirados, esperando que la vida nos pase lo más rápido posible, o bien y aún en medio de las cosas que vienen en contramano, tratar de hacer de nuestra vida una esperanza fortalecida. Perder algo, es una tragedia. La ausencia de un ser querido, no tiene palabras capaces de explicar.

Sin embargo, si miramos el mundo que nos rodea y las personas que están al lado nuestro, vamos a descubrir que aun quedan muchos motivos para seguir soñando, amando y viviendo. Esto es, entre otras cosas, un modo de superar la derrota y mantener la llama de la vida, más allá de la muerte.

 

 

La consecuencia de elegir

En la vida vivimos teniendo que optar una y otra vez. Desde que nos levantamos, hasta que nos acostamos.

Qué tipo de ropa ponernos, de qué manera dirigirnos en el tránsito, que alimentos consumir, cuál es el colegio al que decidimos llevar a nuestros hijos, hacer o no deportes, todo eso pasa por nuestras opciones.

Así, las elecciones que tenemos se asemejan a cuando estamos viajando y de repente nos encontramos con una encrucijada y se nos da la posibilidad de elegir. Cuando lo hacemos tenemos la conciencia de saber que ambas rutas conducen a caminos diferentes. Sobre esa realidad elegimos y luego tenemos que asumir la consecuencia de cada viaje que en principio pudimos elegir.

Si bien es verdad que muchas cosas no son posibles de elegir, porque el destino y la vida nos pusieron por delante, muchas cosas sí podemos decidir. Tenemos la posibilidad de tomar diferentes rutas para seguir adelante.

En las elecciones que hacemos en la vida no es tan sencillo como elegir un camino, porque las variantes son otras y nuestra misma vida está a veces en juego. Por eso es tan difícil elegir a veces. Sin embargo hay una sabiduría que vale la pena tener en cuenta: no siempre hay que elegir lo que nos parece mejor en ese momento, sino lo que nos hace felices a lo largo del tiempo.

 

Es importante darse cuenta de lo importante

Desde nuestra discursiva, vivimos repitiendo que es más importante ser que tener, y que lo esencial no se puede ver, sino sentir en el corazón. Sin embargo, cuantas veces fallamos a la hora de poner esto a la práctica. Es allí, donde el ser humano se desnuda y muestra dónde tiene su corazón verdaderamente.

Nos olvidamos, por ejemplo, que un reloj que vale $ 3.000 nos marca la misma hora que uno de $ 50, o que una cartera que cuesta $ 5.000 puede cargar la misma cantidad de dinero, o por el contrario contener la misma cantidad de deudas, que una que se puede adquirir por $ 200.

Queriendo aparentar, no tenemos en cuenta que si viajamos en primera o en clase turista, de igual modo llegaremos al mismo destino y en el mismo momento aterrizará nuestro avión.

Por otro lado, y en el afán de simular frente a los demás, se suele pasar por alto que la soledad se siente de la misma manera estando en una casa de 400 metros cuadrados que en una de 30 metros y no nos damos cuenta que no cambiamos los sentimientos o lo que sentimos, cambiando de lugar, viajando o comprando.

A veces no nos damos cuenta que la felicidad no viene a partir de las cosas que podemos aparentar o comprar, sino de la satisfacción de estar vivo, tener una vida al servicio de los demás, poder compartir, hablar, reír, soñar y cantar con las personas que queremos.

 

¿Cuál es el mejor lugar para estar o vivir?

¿Será una casita en la chacra o un departamento cerca del mar? ¿Será un lugar donde descansar o donde poder hacer lo que nos gusta?

¿Se te ocurrió pensar que podría ser por ejemplo una oficina, un quirófano, una escuela, un tribunal, la ruta, la celda de una cárcel? Una persona de fe, poco antes de ser encarcelado debido a su fe, pudo una vez decir a su esposa que, en medio de la tiranía, la cárcel era el mejor lugar para estar en ese momento.

El mejor lugar para estar depende mucho de cómo tomamos la vida y lo que hacemos con ella

El mejor lugar puede no existir, pero puede ser también el espacio en el cual yo estoy insertado en medio del mundo y la sociedad, tratando de hacer todo lo posible para vivir en un mundo más justo.

No es tan importante el lugar, sino más bien el modo que lo hacemos. Si solo vivimos esperando a que llegue el momento y el lugar o si por el contrario decidimos enfrentar los desafíos y seguir adelante, aún sin saber muy bien cómo hacerlo.

¿Qué es el “victimismo” crónico?

Hay personas que se han convertido en víctimas permanentes y sufren lo que podríamos considerar como un “victimismo crónico”. Todo el tiempo se ponen en el lugar de la víctima, ya sea de forma consciente, o inconsciente; a veces incluso para simular una agresión inexistente y, de paso, culpar a los demás, liberándose de toda responsabilidad.

Parece que fuera fácil decir que los responsables de nuestros fracasos o problemas son los demás, porque esto nos libera automáticamente liberados. Sin embargo, cada uno sabe lo que hace, lo que dice y cuál es la carga de responsabilidad que le cabe.

Más allá de que esto nos libere de responsabilidad, lentamente va generando una dinámica enferma, en la cual las personas que comparten la vida con nosotros comienzan a tener temor, justamente por miedo a ser responsabilizados y por ende, se van alejando.

Hay que tener en cuenta que a nadie le gusta la situación de tener que escuchar siempre las lamentaciones de los demás. Además, esto no es otra cosa que un modo de manipular a las personas.

Todos tenemos problemas y dificultades; sin embargo, está en nosotros enfrentarlas sin necesidad de que todo el mundo lo sepa, o lo que es peor aún, que todo el mundo nos vea como los únicos que sufren en la historia.

Cuando la vida te sorprende duramente

¿Qué hacemos cuando la vida nos sorprende con situaciones que no teníamos en cuenta?

Es normal que sintamos que nos desequilibramos, tenemos miedo, nos da rabia, bronca, tristeza y no sabemos qué hacer. Ese es el momento más duro, porque se trata de las emociones. Los golpes y las cosas inesperadas nos provocan una serie de sensaciones, imposibles de prever.

A veces queremos encontrar el modo de quitarnos eso de encima, en ocasiones negándolo y otras tantas no hablando de ello. Nadie quiere un momento de dolor, sin embargo la salida no es escaparnos del tema.

Por eso hoy quiero decirte dos cosas:

En primer lugar, a pesar de que no lo tenemos en cuenta y los quisiéramos evitar, momentos difíciles pueden aparecer. Eso es inevitable. Pero la manera cómo pensamos sobre las cosas difíciles, va a determinar cómo iremos a enfrentar aquello que no estaba previsto.

En segundo lugar, a la hora de enfrentar una dificultad es muy importante nuestra creencia. Esto no refiere solamente a la fe, sino al modo como interpretamos la realidad y como nos dejamos influenciar por las cosas. Lo que nuestros padres nos transmitieron y lo que nuestra cultura nos dio, nos puede dar herramientas para salir adelante. Y por supuesto que en ese aspecto también se incluye la posibilidad de creer o no en Dios, y cómo eso ayuda en el momento de dolor.

La fe es un motor que ayuda a enfrentar la dificultad, porque nos da una reserva de fuerzas, que solo es posible encontrar en la posibilidad de creer más allá de uno mismo. Lo que diferencia a una persona esperanzada es que buscará los caminos para no sentirse sola y desamparada.