Dieta de las cosas que lastiman

Cierto día Juan había decidido comenzar un régimen de dieta y también de ejercicios porque estaba con un poco de sobrepeso.

Comenzó a controlar las porciones de las comidas y, a medida de sus posibilidades, a hacer caminatas y luego a trotar.
Cómo parte de sus nuevos hábitos, dejó de consumir pan, pastas y dulces, e incorporó ensaladas, frutas, cereales y alimentos más nutritivos.

Al inicio le resultó difícil, porque estaba acostumbrado a las porciones grandes y a los alimentos con muchas calorías. Pero con el correr del tiempo las cosas se simplificaron, e incluso descubrió cosas que no hubiera sospechado; por ejemplo, que le gustaban las nueces y que la fruta tenía un sabor exquisito. Lo que ocurría en verdad es que él lo desconocía.

Tuvo que aprender a reconocer cosas que no estaba acostumbrado.

Así como Juan debió aprender a elegir y optar entre aquello que en apariencia le hacía bien, pero al final de cuentas lo terminaba dañando, las elecciones que se nos presentan todos los días tienen mucho de esta misma situación.

Lo que entra en nuestra vida es lo que nos alimenta, nos nutre, nos mueve y se transforma en la esencia, en el motor. Así como Juan pasó de elegir entre los alimentos que consumía según la cantidad de calorías, podemos elegir las cosas que dejamos entrar a nuestras vidas y también optar por decir que a aquello que nos lastima no es necesario.

No todos los alimentos hacen bien, tampoco todo lo que elegimos. Por eso hay que saber optar y en el caso de ser necesario, elegir otro camino.

 

Ponerse “las pantuflas” de la vida

A los niños, por lo general, les gusta imitar a sus padres. Les encanta ponerse sus pantuflas y calzados y caminar así por la casa. De la misma manera intentan ayudar a realizar alguna tarea y otras tantas veces repiten el tono de voz y lo que dicen los adultos ante una determinada circunstancia.

El anhelo de los niños en el fondo es ser igual que su papá o su mamá. Los expertos en desarrollo infantil señalan que el deseo de imitar a los padres es una buena y poderosa herramienta que les sirve para ir grabando una serie de aprendizaje que terminan siendo muy útiles para desenvolverse en la vida de adultos.

Tomando este ejemplo, hoy quiero decirte que también los adultos actúan por imitación. Claro que ya no lo hacen vistiendo una determinada prenda, o tratando de parecerse en algún tono de voz, sino en valores y en actitudes filosóficas y de vida.

Imitamos a través de quienes elegimos como referentes. Nos queremos parecer a ellos y eso marca y decide el camino en lo que hace a las opciones que asumimos todos los días.

Cada uno tiene la libertad y la oportunidad de ponerse las pantuflas que desea en cuanto a sus pensamientos y modos de comprender las cosas. Eso es absolutamente in-negociable. Cada uno de nosotros tiene que tener asegurada la plena libertad de pensar políticamente y religiosamente del que mejor se sienta identificado y eso se nos debe respetar.

Eso, nadie te lo puede quitar y es importante que lo sepamos y sobre todas las cosas, cuando intentan censurarnos o coartar nuestra expresión que sepamos luchar para defender nuestra libertad.

Dios nos hizo libres, para actuar y para vivir.

No busques lo perfecto

La búsqueda de la perfección es algo que tiene al ser humano muchas veces confundido, e incluso haciendo esfuerzos sobre humanos.

En el camino de hallar lo perfecto nos solemos machacar errores y además desmoronar a los demás cuando se equivocan.

Hablar de lo perfecto como aquello que no tiene errores, defectos o falencias y aplicarlo para la vida humana y los vínculos entre las personas, es el primer síntoma de nuestra imperfección, la de buscar lo perfecto donde no se puede hallar.

¿Por qué se vive tratado de conseguir lo perfecto, cuando en realidad debemos buscar lo real y lo posible?

Dicen que las mejores cosas de la vida surgen en los momentos inesperados. Cuando tomamos consciencia de esto y comprendemos que en lo cotidiano se encuentra lo real, quizás estemos en condiciones de darnos cuenta que la búsqueda de lo perfecto es algo que solo nos aleja de nuestros semejantes. Entonces, solo entonces, nos daremos cuenta de que hemos madurado.

La otra cara del “querer es poder”

Dicen que “querer es poder” y en cierto sentido esta afirmación tiene mucho de real.

Porque si una persona no sabe algo y alguien que conoce más le enseña, las cosas cambian.

Por otro lado, en caso de haya una situación donde un ser humano no puede con una determinada cosa y pide ayuda, puede salir adelante y encontrar una salida de ese modo.

O en cambio, si no tenemos las suficientes condiciones y viene otro y nos da una mano, lo que parecía improbable puede ser una realidad.

Entonces, visto así podríamos decir que todo es posible. Esto tiene asidero en la medida en que haya alguien que necesite, no pueda, no tenga, no sepa; y por otra parte se encuentre con otro u otra, que tenga la suficiente valentía y bondad para enseñar, dar, ofrecer y ponerse a disposición. Entonces las cosas pueden ser posibles.

Pero, sin embargo, si no queremos, no pedimos ayuda, no expresamos lo que nos sucede; probablemente no haya nada que los demás puedan hacer por nosotros.

Querer es poder en tanto queremos que las cosas sean de otro modo y aunque no lo consigamos, si nuestra intención al menos es intentarlo, ya estamos en camino de tratar de conseguirlo.

Nunca hay que perder la fe, porque los mejores comienzos suelen venir después de los peores finales. Nada en la vida es permanente, incluso nuestros problemas.

 

Hay diferencias entre el “éxito” y la felicidad

Siempre se dice que las personas consideradas exitosas son las que tienen y consiguen muchas cosas. El origen de la palabra éxito, está asociado al latín exitus, que significa salida y se refiere la mayoría de las veces a los emprendimientos que tenemos y que realizamos.

Sin embargo, la noción de éxito también puede estar asociada con la victoria y la obtención de grandes méritos.

La felicidad por su parte, suele definirse con un estado del ánimo que supone estar satisfecho. Se machaca, una y otra vez, que quien está feliz se siente a gusto y complacido. De todas formas, tampoco existe un índice de felicidad o una categoría que haya que alcanzar para que alguien se considere como una persona feliz.

¿De qué se trata la felicidad entonces y cuál es la diferencia entre el éxito y la felicidad?

Muchos dicen que el éxito pasa por el hecho es obtener lo que uno quiere sin importar lo que cuesta o los métodos para lograrlo, mientras que la felicidad se basa en querer y valorar las cosas que uno tiene y los que nos acompañan en la vida.

Dicen que la felicidad humana por lo general nunca se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir muy pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días. Más que una meta, la búsqueda de la felicidad es un camino, que se construye todo el tiempo y que no está atado un éxito puntual que puede ser pasajero.

 

Por qué tememos a lo desconocido

El miedo a los desconocidos es algo absolutamente normal en la niñez, ya que frente a lo que no se conoce, el niño busca la seguridad de los suyos.

Cuando esto sucede con las personas adultas, muchas veces está asociado a lo que se considera una fobia social, es decir el miedo a las personas.

Tomo esto como un ejemplo, porque muchas veces esto se repite en menor medida en actitudes cotidianas de desconfianza hacia las personas. Ocurre por miedo o desconocimiento.

Sin embargo, sucede algo curioso y que por lo general no tenemos en cuenta, pero las mayores decepciones no suelen venir de parte de los desconocidos, sino de quienes conocemos y algunos de ellos a la perfección. Por regla mayoritaria, quienes nos traicionan y nos dañan no son anónimos, sino personas que para nosotros tienen nombre, un lugar en nuestra vida, e incluso suelen gozar de nuestra confianza.

¿Por qué esto sucede? Porque sus intereses van más allá del vínculo, perdiendo así de vista esto último por el hecho de priorizar otros intereses.
La idea tampoco es vivir desconfiando de los que están a nuestro alrededor, sino darnos cuenta que lo que desconocemos no es sinónimo de maldad como muchas veces suponemos implícitamente.

Si vivimos con miedo a lo que desconocemos nos iremos encerrando y quizás no nos demos cuenta que al cerrar las puertas no permitiremos que cosas nuevas nos sucedan.

El momento perfecto no existe

Quizás sea fuerte lo que voy a decir, pero si vivimos esperando y tratando de identificar la llegada del momento, probablemente eso nunca llegue.

Esa es justamente la razón por la que no tiene mucho sentido vivir esperando a que se den las condiciones óptimas para hacer una determinada cosa o buscar un determinado objetivo, ya que si lo hacemos corremos el riesgo de que eso nunca suceda.

Si queremos algo, o anhelamos una determinada cosa, no tendremos otro remedio que intentarlo. Esa es la única forma de comenzar a hacer que el momento perfecto comience a construirse.

Ahora bien, intentar no es sinónimo de “ley del menor esfuerzo”, o de “ver lo que va a ocurrir”, sino de poner toda la energía y el mejor de los esfuerzos que está a nuestro alcanza; confiando en Dios y en la fuerza de nuestros sueños. Porque los sueños nos movilizan y nos ayudan a andar.
Dicen que los sueños se alcanzan solamente cuando la mente y el corazón agradecen lo que está ocurriendo, aun cuando es pequeño y los demás ni siquiera alcanzan a percibir. Si queremos que algo ocurra, debemos intentar que sea una realidad.

 

Las apariencias siempre engañan

La sociedad actual ha llevado a que la apariencia, tanto física como también en lo que respecta al lugar social que las personas ocupan, sea una cuestión muy valorada y buscada. La razón es la existencia de cánones y estereotipos, que terminan dejando fuera a una gran parte de la población, que no encaja en esas tipologías.

Esto desencadena presiones, conflictos, e incluso desórdenes psicológicos. Esta obligación de verse bien y lucir un aspecto acorde a los dictámenes sociales puede derivar en consecuencias muy complejas.

Como decíamos, nuestra sociedad nos presiona para vivir aparentando. Sin embargo, hay cosas dos cosas que nunca pasarán desapercibidas y que no requieren de ninguna apariencia. Ellas son el amor y una sonrisa. Ninguna de las dos se puede actuar y si lo hacemos, los demás se darán cuenta rápidamente.

En el tiempo de la apariencia, somos invitados a amar y sonreír; siendo ambas cosas un buen método para luchar contra las cosas sobre actuadas de la vida.

 

¿Cómo se hace para que las cosas sean diferentes?

Muchas veces nos quejamos los problemas y, a veces, hasta nos resignamos a esa realidad.

¿Cómo se hace para que las cosas sean diferentes?

En primer lugar eligiendo el modo de ver esas cosas. Si elegimos una nueva forma de mirarlas, las cosas que miramos de algún modo también cambian. No porque se modifiquen ellas y se resuelvan de un plumazo, sino porque nuestra actitud cambia y por lo tanto nace una nueva disposición para hacer las cosas, de otra manera.

Uno tiene que aprender a seleccionar sus pensamientos de la misma manera que elige la ropa va usar cada día. Ese es un poder que se puede cultivar. En vez de tratar de controlar a los demás, si de verdad queremos manejar mejor nuestra vida, hay que aprender a cultivar nuestra mente. Eso es lo único que en realidad deberíamos controlar.

Dicen que, en el fondo, el problema no suele ser nuestro problema, sino nuestra actitud frente al problema. De nada sirve que la imaginación tenga alas si nuestro corazón es una jaula que encarcela.

 

Tus manos pueden “dar una mano”

Una misma mano puede empuñar un arma, o por otra parte sostener delicadamente un bisturí para realizar la cirugía y extirpar el dolor al enfermo.

Las mismas manos son capaces de golpear al que piensa diferente o bien pueden tomar otras manos para unirse en una ronda y orar por las necesidades.

Las manos pueden ser las mismas. Lo que hace la diferencia es el modo de utilizarlas.

La pregunta es ¿Cómo usamos nosotros nuestras manos?

Dicen que las manos pueden ser extensiones del corazón, pero para que esto pueda ser posible es necesario abrirlas. De ese modo, a través de ellas, podremos dar y recibir aquello que sale de nuestro corazón.

Las manos sirven para eso, para hacer que nuestro corazón sea más grande y más sensible con los que están a nuestro alrededor.